Un testimonio de vida, servicio y comunidad en Ecuador.
—P. Felipe, ¿cuándo llegaste a Guayaquil y cómo fueron tus primeros pasos allí?
Llegué a comienzos de 2019, así que estoy pronto a cumplir siete años en Ecuador. Tras un tiempo de adaptación, comencé a trabajar con la Liga de Familias, que en Guayaquil es muy grande: cerca de 600 matrimonios entre grupos y militancia. Eso significa un trabajo muy intenso: visitas, retiros, jornadas, talleres de formación… una vida comunitaria muy rica.
—Además de la Liga de Familias, también te involucraste en la Pastoral de la Esperanza. ¿Cómo fue esa experiencia?
Fue una de las vivencias más bonitas. Con un equipo excelente adaptamos para Ecuador el retiro Reencantándonos, que ya habíamos hecho en México, dirigido a parejas en segunda unión o sin sacramento. Lo realizamos todos los años —excepto en pandemia— con mucha participación y frutos. Gracias a ese camino se formaron alrededor de ocho grupos de Pastoral de la Esperanza.
También organizamos charlas, acompañamientos e incluso invitamos al cardenal. Siento un cariño especial por esta pastoral y muchas amistades nacieron allí.
—En paralelo, trabajaste muy de cerca con colegios de la ciudad.
Así es. En el colegio Monte Tabor y Nazaret participo en el directorio, el consejo ejecutivo y acompaño a los padres de familia. Es un colegio grande —unos 1.600 alumnos— y muy bien llevado, tanto pedagógica como religiosamente. También apoyé por un tiempo al colegio Santa María de los Lojas, que atiende a familias de escasos recursos, colaborando en la pastoral y en sus hitos formativos.
—La pandemia significó un desafío mundial. ¿Cómo viviste ese periodo en Ecuador?
Fue un tiempo muy difícil. En lo comunitario y lo apostólico hubo que reinventarse. Desarrollamos una pastoral digital: eucaristías online, reuniones de grupo… Yo aproveché para ofrecer cuatro cursos —bíblico, historia de los carismas, eucaristía— con un aporte económico que permitió ayudar al Banco de Alimentos de la arquidiócesis. Mucha gente pasaba hambre entonces, así que fue una manera concreta de apoyar.
—También fueron surgiendo nuevos retiros y talleres…
Sí. Buscando responder a las necesidades del movimiento, desarrollamos distintas iniciativas.
Uno de ellos fue el Retiro del Perdón, que diseñamos con un equipo de matrimonios. No es un retiro “sobre” el perdón, sino un camino pedagógico-espiritual para que las personas realmente puedan perdonar. La idea es que salgan habiendo dado pasos reales.
Luego vino un retiro ignaciano, nacido del deseo de muchas personas de vivir un retiro de silencio y encuentro profundo con Cristo. Después de hacer yo mismo el mes de Ejercicios de San Ignacio, los adapté y hoy lo realizamos con un equipo.
—Y hubo también un fuerte impulso por las peregrinaciones.
Así es. Organizamos peregrinaciones a Schoenstatt y Tierra Santa, experiencias hondas y extraordinarias. Luego debimos suspenderlas por la guerra en la región, pero pudimos continuar con otras rutas: el Camino de Santiago, la ruta de San Pablo en Turquía, Schoenstatt y Roma en el Año Jubilar, además de una peregrinación a México, a Guadalupe y los santuarios de Schoenstatt.
—El santuario de Guayaquil también ha pasado por renovaciones.
Se me encargó la administración de una parte del santuario y pudimos renovar la iglesia de peregrinos gracias a la ayuda de mucha gente. La comunidad también trabajó muchísimo en nuestra nueva casa en el santuario, que ha sido un gran regalo. Y estamos terminando la renovación de un salón que quedará extraordinario para ofrecer un buen servicio al santuario.
—Durante este tiempo publicaste además una novela.
Sí, Sin atajos. Es una propuesta distinta, pensada especialmente para personas que quizás están más lejos de la fe, para ofrecerles un camino de reencuentro. Ha sido una experiencia muy linda.
—La comunidad también te confió una misión continental.
Así es. Junto a la Hna. Katia asumí la coordinación continental de América. Hemos trabajado para mantener el contacto con todas las comunidades. Dos tareas han sido centrales: la organización del próximo CIOFF en Costa Rica, en 2027, y la preparación del Congreso de Juventud Voces de Esperanza, que se llevó a cabo en Roma.
—¿Ha seguido dando clases?
Sí, he podido enseñar dos cursos en el seminario diocesano de Guayaquil. Es una instancia que disfruto mucho.
—Si tuviera que resumir estos años, ¿qué diría?
Que han sido años muy bonitos y que me he sentido profundamente regalado como sacerdote. El cariño de la gente es enorme. He podido acompañar realidades muy diversas, entre ellas varias crisis matrimoniales. Para eso formamos un equipo de orientación para matrimonios en dificultad.
Mi experiencia en Guayaquil ha sido un verdadero don: trabajos en equipo, amistades, misión… Me he sentido muy pleno como sacerdote.
—Gracias P. Felipe por todo lo compartido. Te deseamos un bendecido tiempo en tu nuevo destino pastoral.
